lunes, 30 de junio de 2008


No siempre se dice la verdad
Por Francisca García B.


En la lógica de la manualidad, la técnica del degradé opera como una posibilidad ideal para lograr fondos con profundidad y dar una sensación de distancia. Además es notable su baja demanda de creatividad y su gran versatilidad, pues cada color ofrece un tinte y un resultado diferente. El degradé puede expresarse de manera multidireccional, a través de signos lingüísticos o de una diversidad de figuras, y plasmarse en cualquier tipo de superficie, cuyo requisito único es la presencia de un color de fondo que acoja aquel con el cual se pinta hasta la fusión completa, generalmente en gradación paulatina.

Este Gran Vidrio, espacio-muro cristalino que toma el nombre de la famosa obra de Marcel Duchamp, propone como punto de partida el ready made de mutar la tela (o papel) por el vidrio y con ello, imposibilitar las técnicas plásticas tradicionales y enfrentar al artista ante la curiosa problemática del no-fondo y la ausencia de color. Este poema jamás desaparecerá. es en sí título y a la vez fractal de la unidad conjunta compuesta por sus reproducciones, y a pesar de ser una obra impresa instala al fin un diálogo directo con el vidrio y su transparencia, acción reforzada gráficamente por la forma verbal “desaparecerá”, que me hace mucho sentido porque expone una perfecta síntesis espacio-temporal que otorga pistas interesantes.

En ese panorama, la tradicional y muchas veces burda técnica del degradé –término que creo no tiene una traducción más acertada y menos siútica en el castellano– inaugura irremediablemente el problema con la superficie usada como fondo. Felipe Cussen utiliza pliegos blancos que coloca [sic] tras el vidrio, con lo que se logra mantener la transparencia que comúnmente nunca pudo observarse a sí misma ni pudo ser fondo ni proporcionar gama alguna jamás. La trama rectangular del muro transparente confunde al espectador ya que nunca la perdemos de vista, pues el poema se sitúa tras del vidrio, con lo que el fondo ya no es fondo sino velo anticipatorio de lo que se leerá. El uso del degradé se convierte en un artificio que borra mentalmente el papel en beneficio del cristal, que ahora sí puede funcionar como fondo. El poema entonces hace un doble ready made, porque al igual que la obra duchampiana cambia la tela (o papel) por el vidrio, pero solo en sentido figurado, pues en esa grieta-figuración el ingenio matemático del autor se entromete para doblarle la mano al soporte y utilizar una técnica plástica tradicional ya imposibilitada por el gesto de Duchamp.

Este poema jamás desaparecerá.

Algo muy similar sucede con el eje del tiempo ya que el degradé activa también el poema en ese sentido. Su desplegar infinito –porque cuántas veces es divisible un color por otro– guiña el poema proceso de los concretos brasileros y su estado en la permanencia del art-in-progress. Idea que se reinventa y acentúa en la reproducción seriada propia de la trama. También, volviendo al vidrio de Duchamp, leo otra seña a la perpetuidad, primero en cuanto a la ejecución de esa obra que duró varios años, pero más relevante aún, en cuanto a la anécdota que allí se relata: en la parte baja, funcionando el motor del amor, que alimentado por la gasolina del amor mantiene en condena eterna a los desdichados solteros uniformados que no logran consumar su pasión con la novia desnuda que está situada en la parte superior del vidrio.

Este muro de vidrio superó su transparencia y junto a ello, el infinito texto, su inmaterialidad.
Noviembre, 2008









Lectura de poema

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